Hanoi. Viet-Nam.

Catorce parejas de pilares de madera sostienen el puente que se adentra en el lago de Hoan Kien. Al menos  eso me ha parecido cuando sin dejar de caminar, las he contado. Porque no puedo parar. Hace media hora que doy vueltas al lago, hace media hora que intento relajarme en este oasis perdido entre tanto caos y ruido.
El agua no tiene un color definido. Está tranquila, y aún así, las minúsculas ondulaciones son una verde, otra marrón. Verde como los árboles que caen sobre la orilla y marrón como el suelo de la diminuta isla que alberga la pagoda de Ngoc.
Me gusta pasear, caminar sin rumbo fijo.
Siguiendo la misma ruta.
Hanoi es un hervidero de mujeres con sombrero puntiaguda y balanzas, de motos en las que caben tres. O cuatro. O cinco.
Hanoi son pitidos que no cesan, flashes verdes que no deslumbran pero pintan.
Todo asimétrico, todo nuevo.
Por eso doy vueltas al lago de Hoan Kien, porque caminar es mi ritual para relajarme, y solo en el lago, en el oasis en medio de la algarabía y los edificios de cuatro o cinco plantas, encuentro la paz.
Porque se repite el señor mayor con hilillos blancos como barba.
Y el hombre balanza.
Y los niños callejero.
Y los pilares. Catorce. De madera de teca que sostienen el puente.
(…)

He llegado entre empujones, deshaciéndome de vendedores de hamacas que no aceptaban un no mientas sorteaba carritos y bicicletas del barrio de las maletas. Porque en Hanoi quedan calles que son gremios, y en el de maletas solo hay maletas, y luego se llega al de las sedas, y luego al de los zapatos. Y cuando se llega a una arteria principal parece que no se puede cruzar porque no hay normas de tráfico, y cada uno circula en la dirección que quiere. Hay un amasijo de bicicletas y motos que se confunde en la calle, y aunque parece impenetrable llega un coche y pasa entre ellas, como si se fundiese en un lado y saliese por el otro, pero se puede cruzar. Yo lo he conseguido. Es más fácil de lo que parece. Te plantas en la acera, alargas un pie y sin mirar te dejas caer en el asfalto, y no pasa nada, nadie choca contigo, y  avanzas mientras el tráfico te rodea, sin movimientos bruscos y sin cambiar de dirección, y mientras todos pitan a la vez todos te esquivan. Alguna vez he visto la imagen ampliada de una aguja entrando en una matriz para alcanzar un óvulo, y parece que así como la aguja avanza, lo que hay a su alrededor se separa sin llegar nunca a tocar la aguja.  Par cruzar una calle de Hanoi hay que ser una aguja en busca de un óvulo.
(…)
Oscurece. El hombre balanza se retira.
A su casa. Con su mujer tal vez.
(…)
Me siento en la acera, bajo un árbol y miro el lago.
De pronto me siento agotado. Si pilas. Hace horas que navego. Buceo, me pierdo.
Se han encendido algunas luces y está a punto de anochecer sobre Hanoi.  Se ven menos vendedores, y parece que todas los bocinas del mundo dejan de pitar en la jungla que hay más allá de los árboles. A mi izquierda uno niños juegan con palos, y en la orilla, por ahí donde estaba el hombre de la balanza, tres señores con camisas largas llenas de bolsillo empiezan una tabla de tai chi.
Los niños han reparado en mí y se me acercan. Son callejeros. Llevan deportivas y pantalones anchos, todo de corte asiático pero con un claro aire rapero.
Pómulos altos y salidos.
Insolencia en los ojos.
Inseguros en los movimientos.
Son tres, y la iniciativa la lleva una niña que no tendrá más de doce años. Pelo corto y mirada del que es el jefe por méritos propios, o sea sacarles un palmo al resto.
Se siente frente a mi con descaro y se ríe, y los otros dos mostrencos también lo hacen y señala mis piernas y pregunta, y sin entender palabra de vietnamita le digo que los pelos son míos, que los europeos tenemos pelo.
Rizado, negro en mi caso. Duro.
Ella inquiere de nuevo con cara de asco.
Es un pregunta de la que no espera respuesta. Me está retando.
Levanto los hombros, y le digo que a mi si me gustan mis pelos, y por eso tengo las piernas llenas de ellos.
No entiende nada, pero no importa.
La noche ha ganado, el agua del lago es ahora negra, y en la pagoda de Ngoc, brilla un alma.
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