KAMPALA. UGANDA

©tonimarques.esUn occidental no entiende a que se refiere la metáfora de un hormiguero humano hasta que llega a la estación de autobuses de Kampala. Las furgonetas están aparcados como si fuese el enemigo quien los hubiese ido arrojando asegurándose que iban a quedar atrapadas para siempre, los vendedores ambulantes intentan colocar su mercancía a unos pasajeros que ya llevan sobre sus cabezas todo lo que un hombre pueda poseer.  Se mezclan las música de los radio casettes y los vendedores de macarenas; En unos pocos miles de metros cuadrados parece que confluyen el más de un millón de habitantes de la capital de Uganda.
Kampala tiene ritmo y sus habitantes han aprendido la coreografía desde niños para que desde el cielo, los inmensos marabús que sobrevuelan la ciudad disfruten el espectáculo. 
La mejor manera de sentirlo y a la vez de moverse por la ciudad es dejándose llevar por un boda-boda; sentado en el sillín trasero de esas motocicletas, sorteando coches por el asfalto y peatones por las aceras, Kampala se vuelve transitable y sus colinas dejan de suponer un problema.
Me gusta Kampala. Me gustó incluso aquella noche que regresaba agotado y tarde y, juegos del destino, acabé durmiendo en el peor burdel que haya pisado nunca. Atrancando la puerta y descubriendo sábanas sucias y preservativos usados bajo la cama pasé la noche preguntándome que le había hecho yo al bromista que me recomendó aquel local en una calle sin salida del mercado. Aún así había tenido tiempo de encadenar la maleta a la cama de hierro y bajar a la calle donde una gruesa señora que reinaba tras su fogón de carbón me preparó un poco de cordero servido en una bolsa de cartón.
Solo un blanco solitario a la puerta de un burdel consigue que los sin techo se le acerquen a dar un poco de conversación.
No todo es así; en Kampala road, colina arriba en la zona de grandes edificios está “The great Wall”, un restaurante chino que hacen los mejores rollitos de primavera que he probado nunca. Te parecerá estúpido comer rollitos de primavera en Uganda pero la vida está hecha de esas pequeñas estupideces.
Comprar masala en el mercado, tomar una Bell’s contado cuántos entran en una furgoneta o traducirles a los vendedores de macarenas (tortas de pan) la canción que han elegido para llamar la atención de sus clientes; “Dale a tu cuerpo alegría Macarena…”
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