Stone Town. Zanzibar

Salto para sortear una diminuta corriente de agua gris que corre por el suelo y cuando aterrizo el golpe de mi sandalia resuena en las paredes húmedas y se convierte en la única muestra de vida de la ciudad.
Como un chasquido.
Palmadas.
Palmaditas de piedra. Metálicas.

Avanzo primero hombro con esquina ahí donde las callejuelas se pliegan sobre si mismas, y tras cada esquina sale otra, y bocacalles y pasos de anchuras diferentes me miran hostiles con sus caras gris piedra y barba de musgo verde.
He entrado por detrás del fuerte huyendo del calor del trópico. El aire húmedo corretea y me seca el sudor que pega la camisa al cuerpo.
De algún sitio, por encima de la piedra de la ciudad de piedra me llega el rumor de hojas que se mueven.
Hojas grandes y acabadas en punta.
Verdes.
Los troncos y ramas nudosos que las sostienen no existen y las hojas vuelan libres por encima de los callejones.
No puedo verlas.
Me lo impiden los tejados que se precipitan sobre las calles.
La primera línea del mar, desigual estrecha y enrevesada me hace perder el rumbo nada mas entrar y luego, rodeado de este amasijo de callejones que se diseñaron para repeler a piratas, portugueses y árabes, me doy cuenta de que no encontraré el mercado de esclavos.
Ni las cadenas.
Ni los grilletes. Herrumbrosos. Sudados, que se cerraban sobre una muñeca.
No importa si no lo encuentro. Creo que no quería verlo.
Siempre me dirijo hacia lo que no quiero ver.
Es la historia de mi vida.

Para cuando ya he perdido el rumbo, la ciudad saca pecho como un pavo orgulloso, las vías se hacen mas anchas y los cadáveres de casas, más ricas y refinadas. Las especias enriquecieron Unguja pero el dinero que levantó sus casas fue el de la venta de esclavos. Aquí llegaban arrancados de la selva en tierra firme y desde esta isla embarcaban para no volver jamás. Abolido el comercio de hombres, sus muros empezaron a pudrirse.
Lentamente.
Sin amnistía.
Ya no hay piratas en el índico, y aunque la UNESCO ha hecho un gran trabajo, la sal, el viento y la marea, es a la larga infalible.
Pequeños cañonazos de cristalitos de sal fina al viento.
Hoy, mañana.
¿Pasado mañana?. También. También.
Hoy no hay nadie porque es festivo y los candados de hierro oxidado unen argolla con argolla.
A pesar de que no hay ni rastro del que tiene las llaves, me siento observado.
Las casas están vivas y han abierto un pasillo para dejarme pasar. Una puerta se queda quieta al mirarme, mientras las ventas tienen que estirarse para sacar la cabeza por encima de los hombros de las puertas y verme avanzar.
No se si son amigos o enemigos, pero su mirada silenciosa me hace apretar el paso.
Avanzo rápido sintiendo como las puertas y ventanas de stone town cierran la retirada a mis espaldas.
Solo cuando doblo la esquina y aparece él, me dejan en paz.
No tiene dientes y descansa en el escalón. Tal vez ya estaba sentado en ese escalón 70 años antes y siempre tuvo ese aspecto sonriente que tienen los desdentados.
Me paro a mirar una de las puertas labradas, con sus clavos indios y sus símbolos árabes. Me paro a esperar que me adopte, si quiere, y observo la puerta deseando que él quiera hacerlo.
Lo hace.
.-Es bonita, -me dice señalando la puerta labrada que está junto a él.
La que está casi a su espalda, no la que yo miro.
Le digo que sí, que lo es, como todas las de la parte antigua de la ciudad.
Le observo mientras me acerco, y aunque tengo memoria fotográfica sé que no recordaré donde acababan las piernas delgadas enfundadas en el pantalón de hilo a juego con la americana, o dónde empezaba el bastón de palo y nudos pulidos con los años.
.- Mi nieto es médico y vive en Londres, me dice acto seguido, y me siento en su escalón de piedra, también ladeado y dejando que mis piernas se crucen con su bastón.
Muy cerca de las suyas, donde él me indica.
Una nube parece frotar a un palmo de su cara y no estoy seguro de que me vea bien.
Me siento a su lado y cuando pone una mano callosa y marrón oscuro en mi rodilla ya he olvidado que buscaba el mercado de esclavos y me dispongo a pasar la tarde escuchándole. 

©toni marques

Deja un comentario